Empezaba una nueva semana. Era lunes y, como cada lunes, la ciudad corría. En Santiago de Cali se escuchaban los pitos de los carros, las voces de quienes iban de afán, las puertas que se abrían, los motores que arrancaban y ese ruido particular que tiene una ciudad cuando comienza el día. Las manecillas del reloj avanzaban. Hasta que marcaron las 7:34 de la mañana.
Entonces, todo cambió.
Un estruendo sacudió la tierra y un terremoto estremeció buena parte del Pacífico y la zona cafetera de Colombia. En cuestión de segundos, los sonidos cotidianos fueron reemplazados por gritos, llantos, alarmas y el ruido de una ciudad intentando entender qué acababa de suceder. Después vino el caos.
Edificaciones afectadas, personas atrapadas, familias buscando a los suyos y una búsqueda maratónica por encontrar vidas entre los escombros. Los medios de comunicación comenzaron a poner sus ojos sobre Cali y las noticias empezaron a mostrar la magnitud de una emergencia que apenas comenzaba. Pero mientras unos buscaban sobrevivientes, otros empezaban a pensar en quienes, tarde o temprano, necesitarían algo tan básico como un plato de comida.
Las gestoras de los Comedores Comunitarios también sintieron el terremoto. A algunas las sorprendió en sus casas. A otras, en el comedor. Algunas ya tenían todo dispuesto para comenzar la jornada: los alimentos, los utensilios, los fogones, el delantal, la cofia y el tapabocas.
Por un momento, como todos, sintieron miedo. Pero después del miedo llegó una pregunta:
¿Y ahora qué hacemos? La respuesta estaba en sus propias manos. Se pusieron el delantal. Encendieron los fogones. Y comenzaron a cocinar.
Puede parecer extraño hablar de comida en medio de una emergencia. Cuando hay personas atrapadas, familias angustiadas y una ciudad intentando levantarse, ¿quién piensa en cocinar? Ellas.
Porque saben que después del susto también llega el hambre. Y lo entendieron rápidamente.
Algunas comenzaron a preparar lo que tenían establecido en su minuta. Otras miraron alrededor y dijeron: Mi comedor tiene que atender a más personas.
Entonces hicieron lo que tantas veces han hecho en sus barrios cuando la necesidad toca la puerta: recurrieron a la comunidad. Recolectaron alimentos. Tocaron puertas. Hablaron con los vecinos. Sumaron manos.
Y aparecieron las ollas comunitarias.
Aquellas mismas ollas que, mucho antes de convertirse en un programa, fueron una expresión de solidaridad en los barrios de Cali. Ollas que hoy tienen un significado especial porque nacen de una idea sencilla, pero poderosa: cuando alguien tiene hambre, la comunidad se organiza para alimentarlo.
Algunas gestoras tenían comedores pequeños. No importó, sacaron un fogón a la calle, pusieron una olla. Y empezaron a cocinar.
Cocinaron para las personas que necesitaban un plato de comida, pero también para quienes estaban en las calles ayudando a buscar sobrevivientes, removiendo escombros, acompañando familias y tratando de poner nuevamente en pie una ciudad golpeada. Así comenzó una misión maratónica, lunes, martes, miércoles Y los días siguientes.
Las ollas comunitarias siguieron ahí, acompañando, apoyando, alimentando. Porque aquel plato de comida era mucho más que comida. Era misericordia, ayuda y solidaridad.
Era un abrazo servido en un plato que, sin decir una palabra, parecía decir:
“Aquí estamos. No estás solo. Todo va a estar bien.”
Mientras la emergencia seguía su curso y Cali comenzaba lentamente a recuperarse, los Comedores Comunitarios también continuaron funcionando. Algunos pudieron reactivarse rápidamente; otros tuvieron que buscar nuevas formas de atender.
Pero todos confirmaron algo que quizá ya sabían, aunque ese día lo entendieron con mayor fuerza: cuando todo cae, el comedor sigue en pie.
No necesariamente por sus paredes, ni por sus fogones, tampoco por sus mesas.
Sigue en pie por algo mucho más grande: la vocación de servicio.
Porque las gestoras de los Comedores Comunitarios sostienen mucho más que un comedor, sostienen la solidaridad de un barrio, sostienen la ayuda humanitaria y la esperanza.
Incluso sostiene en los momentos más difíciles, la certeza de que nadie debería enfrentar el hambre ni el dolor completamente solo.
Ese lunes la tierra se movió, pero ellas no se quedaron quietas, se pusieron el delantal, encendieron el fogón y cocinaron. Porque hay momentos en los que servir también significa resistir. Y hay manos que, aun cuando todo parece venirse abajo, siguen sosteniendo a Cali.
Sobre la mesa, seguimos recuperando Cali.
Anderson Bernal
Líder de comunicaciones – Comedores Comunitarios
Pastoral Social


