Por: +Luis Fernando Rodríguez Velásquez
El sábado 25 de julio y el sábado 1 de agosto, fueron ordenados obispos y nombrados auxiliares de Cali, los monseñores Arnulfo Moreno Quiñónez y Luis Fernando de Jesús Pérez Agudelo.
En este editorial, comparto apartes de la homilía de la celebración de ordenación episcopal de Mons. Arnulfo Moreno Quiñónez, realizada en la Catedral San Pedro Apóstol de Cali. Que sea una ocasión especial para que oremos por ellos y pidamos al Señor que les conceda la gracia de vivir con fidelidad su ministerio.
“Los obispos, puestos por el Espíritu Santo, son sucesores de los Apóstoles como pastores de las almas, y, juntamente con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad, han sido enviados para perpetuar la obra de Cristo, Pastor eterno” (Decreto Christus Dominus, 2).
Con estas palabras del Concilio Vaticano II, la Iglesia nos muestra algunos elementos identitarios de los obispos como son la elección del Espíritu Santo y el hecho de ser sucesores de los apóstoles.
Para ser obispos no se hace carrera. Ciertamente es un misterio. El Señor llama a quien quiere, tal como lo relatan los evangelios. Los toma del mundo y de sus quehaceres habituales. Pedro, Santiago, Juan, Andrés, y otros, fueron llamados durante su labor de pescadores de peces, para hacerlos pescadores de almas.
Hoy llama al padre Arnulfo de una tierra lejana, Guapi, para hacerlo apóstol del evangelio.
Lo llama de una tierra hermosa, en donde el mar y la selva se conjugan, en un ambiente tropical en el que los rayos del sol llenan de esplendor una población marcada tristemente por la pobreza, el abandono en muchos de sus sectores y el asedio de la violencia y la marginación.
Pero en medio de todo, es una población en donde hay gente maravillosa. Gente que por su fe y deseo de superación hace gala de la fortaleza que da el Espíritu para sobreponerse a las caídas y limitaciones.
Es un pueblo que hoy nos regala uno de sus hijos, de tez negra, para mostrarnos cómo todo lo que ha hecho Dios es maravilloso y que, a través de este regalo, el Espíritu Santo nos sigue hablando del amor y la cercanía de Dios en favor de su pueblo.
Hoy nos unimos a la alegría de los guapireños y guapireñas. No solo los que hacen parte de la Iglesia, con el obispo, sus sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, sino con toda la población en general, que deben sentirse orgullosos de que el Señor hubiera elegido a uno de los suyos para una misión tan importante y delicada como la de ser obispo en la Iglesia católica.
Apreciado Mons. Arnulfo, saludamos a tu querida familia. También le damos gracias por haberte formado en los valores del humanismo cristiano y por haberte animado en tu camino vocacional. Para este territorio del Sur Occidente colombiano, tu nombramiento es una buena noticia que nos llena de ilusión y gozo.
Son los mismos sentimientos que tenemos en nuestro Seminario San Pedro Apóstol. Eres el séptimo egresado de esta casa de formación llamado al Episcopado. Para nosotros se convierte en un reiterado desafío para seguir formando integralmente a nuestros seminaristas con sentido de iglesia y misión evangelizadora.
Hoy podemos dar fe de que el llamado al episcopado es una obra de Dios que trae consigo las ayudas necesarias para cumplir la misión que te va a ser encomendada.
Los obispos “sido enviados para perpetuar la obra de Cristo, Pastor eterno”, dicen los padres conciliares. Y como lo escuchamos en la primera lectura, “los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor” (Hch 4,33).
La obra de Cristo de que habla el Concilio y el anuncio de la resurrección del Señor, es el Evangelio, con las palabras, el testimonio y acciones de Jesús. Él pasó haciendo el bien, por lo que la misión de los obispos es hacer posible que este Evangelio logre echar raíces en los corazones de todos, de manera que, teniendo los sentimientos de Cristo, ese mismo Evangelio transforme el mundo, haciendo de él, anticipo de las realidades celestiales.
Ahora bien, para que el Reino de Dios se consolide en el mundo, es necesario de los pastores, sobre todo de los obispos y sus colaboradores, valentía y coherencia. Y los apóstoles nos dieron ejemplo de esto. Santiago el Mayor, después de su Maestro, abrió la brecha del martirio y del testimonio para quienes creemos en la resurrección del Señor…
¿A quién iremos? Es el lema que has puesto en tu escudo episcopal. No sobra recordar la segunda parte de la frase: “tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6, 68).
Ese “a quién iremos” lo podemos interpretar en dos dimensiones. La primera, la misma afirmación de Pedro. Todo nuestro caminar debe estar direccionado al encuentro con Cristo. En Él encontramos la vida, la salvación, el auténtico sentido de nuestra existencia. La fuerza para nuestro ministerio episcopal la encontramos en la íntima relación con quien nos ha enviado, pues es a Jesús mismo a quien anunciamos.
La segunda “a quién iremos”, o mejor, a dónde vienes, habla de los destinarios de la misión. Vienes a la arquidiócesis de Cali, a una comunidad que te espera con ilusión y que te acoge como miembro de una familia con los brazos abiertos. Vienes a una comunidad sedienta fe, sedienta de Dios…
Al recibir la plenitud del sacramento del orden, pedimos que el Espíritu Santo te colme de sus dones y a la Madre de Dios, en la advocación de nuestra Señora de los Remedios, que te acompañe y consuele, especialmente en los momentos de prueba. Amén



