En el marco de la fiesta litúrgica del apóstol Santiago, Patrono de Cali, tenemos la alegría de acompañar a este hermano nuestro, el presbítero Arnulfo Moreno Quiñonez en su ordenación episcopal.
La alegría que produce esta celebración, se ve ampliada con la próxima ordenación episcopal, en Medellín, del presbítero Luis Fernando Pérez Agudelo, quien nos acompaña en esta celebración.
Estos dos hermanos han sido nombrados por el Papa León XIV como obispos auxiliares de Cali. Son unos nombramientos que nos llenan de profunda alegría y por los cuales damos gracias infinitas a Dios, al Papa León XIV, al nuncio del momento, Mons. Paolo Rudelli, a las Iglesias particulares de origen de los nuevos obispos, pero también a Mons. Arnulfo y Mons. Luis Fernando, por el sí generoso que han dado al llamado a ser obispos para la Iglesia de Cali y para la Iglesia universal.
Saludo a los señores arzobispos y obispos que nos honran con su presencia, así como también a los sacerdotes y fieles del Vicariato Apostólico de Guapi, a los sacerdotes de Cali y hermanos presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y fieles en general que colman de alegría y esperanza esta Catedral.
Vivamos con especial fervor esta celebración con cada uno de los signos que la liturgia nos va proponer.
“Los obispos, puestos por el Espíritu Santo, son sucesores de los Apóstoles como pastores de las almas, y, juntamente con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad, han sido enviados para perpetuar la obra de Cristo, Pastor eterno” (Decreto Christus Dominus, 2).
Con estas palabras del Concilio Vaticano II, la Iglesia nos muestra algunos elementos identitarios de los obispos como son la elección del Espíritu Santo y el hecho de ser sucesores de los apóstoles.
Para ser obispos no se hace carrera. Ciertamente es un misterio. El Señor llama a quien quiere, tal como lo relatan los evangelios. Los toma del mundo y de sus quehaceres habituales. Pedro, Santiago, Juan, Andrés, y otros, fueron llamados durante su labor de pescadores de peces, para hacerlos pescadores de almas.
Hoy llama al padre Arnulfo de una tierra lejana, Guapi, para hacerlo apóstol del evangelio.
Lo llama de una tierra hermosa, en donde el mar y la selva se conjugan, en un ambiente tropical en el que los rayos del sol llenan de esplendor una población marcada tristemente por la pobreza, el abandono en muchos de sus sectores y el asedio de la violencia y la marginación.
Pero en medio de todo, es una población en donde hay gente maravillosa. Gente que por su fe y deseo de superación hace gala de la fortaleza que da el Espíritu para sobreponerse a las caídas y limitaciones.
Es un pueblo que hoy nos regala uno de sus hijos, de tez negra, para mostrarnos cómo todo lo que ha hecho Dios es maravilloso y que, a través de este regalo, el Espíritu Santo nos sigue hablando del amor y la cercanía de Dios en favor de su pueblo.
Hoy nos unimos a la alegría de los guapireños y guapireñas. No solo los que hacen parte de la Iglesia, con el obispo, sus sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, sino con toda la población en general, que deben sentirse orgullosos de que el Señor hubiera elegido a uno de los suyos para una misión tan importante y delicada como la de ser obispo en la Iglesia católica.
Apreciado Mons. Arnulfo, saludamos a tu querida familia. También le damos gracias por haberte formado en los valores del humanismo cristiano y por haberte animado en tu camino vocacional. Para este territorio del Suroccidente colombiano, tu nombramiento es una buena noticia que nos llena de ilusión y gozo.
Son los mismos sentimientos que tenemos en nuestro Seminario San Pedro Apóstol. Eres el séptimo egresado de esta casa de formación llamado al Episcopado. Para nosotros se convierte en un reiterado desafío para seguir formando integralmente a nuestros seminaristas con sentido de iglesia y misión evangelizadora.
Hoy podemos dar fe de que el llamado al episcopado es una obra de Dios que trae consigo las ayudas necesarias para cumplir la misión que te va a ser encomendada.
Los obispos han “sido enviados para perpetuar la obra de Cristo, Pastor eterno”, dicen los padres conciliares. Y como lo escuchamos en la primera lectura, “los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor” (Hch 4,33).
Por otra parte, el ritual de ordenación establece en el interrogatorio previo a la ordenación una serie de preguntas al candidato a la sagrada orden, de las que destaco dos:
¿Quieres anunciar con fidelidad y constancia el Evangelio de Jesucristo?, y ¿Quieres conservar íntegro y puro el depósito de la fe, tal como fue recibido de los Apóstoles y conservado en la Iglesia y en todo lugar?
La obra de Cristo de que habla el Concilio y el anuncio de la resurrección del Señor, es el Evangelio, con las palabras, el testimonio y acciones de Jesús. Él pasó haciendo el bien, por lo que la misión de los obispos es hacer posible que este Evangelio logre echar raíces en los corazones de todos, de manera que, teniendo los sentimientos de Cristo, ese mismo Evangelio transforme el mundo, haciendo de él, anticipo de las realidades celestiales.
Ahora bien, para que el Reino de Dios se consolide en el mundo, es necesario de los pastores, sobre todo de los obispos y sus colaboradores, valentía y coherencia. Y los apóstoles nos dieron ejemplo de esto. Santiago el Mayor, después de su Maestro, abrió la brecha del martirio y del testimonio para quienes creemos en la resurrección del Señor.
De esto quedó rotundo vestigio en la Sagrada Escritura: “Pedro y los apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29) (…) más tarde, el Rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan” (Hch 12,2).
El testimonio hecho por Tertuliano “¡sangre de mártires, semilla de cristianos!”, (Apologético 50,13), tiene su especial aplicación en el martirio del Apóstol Santiago que hoy recordamos.
Muy apreciado Mons. Arnulfo. En los tiempos que vivimos, sí que se vuelve imperativo la conciencia del llamado al martirio, es decir al testimonio valiente. El Papa León XIV en su encíclica Magnifica humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia artificial, afirma que “hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis, (…) se olvida que el ser humano no florece a pesar del límite sino a menudo a través del límite” (n. 118).
Nos advierte el Santo Padre sobre el peligro de que la tecnocracia y el sueño de la vida perfecta desplace la persona y su dignidad. Estamos sin lugar a dudas atravesando una terrible crisis de humanidad. Por eso, será labor tuya y la de todos los que animamos la fe y la vida del pueblo santo de Dios, tener muy presente los principios no negociables de la doctrina social de la Iglesia que el Papa León reiteradamente enuncia en su encíclica: “la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad” (n. 45).
Tu origen, tu formación y la experiencia pastoral que tienes, te ayudarán para aplicar en todo momento estos principios que sintetizan los principios enunciados por Jesucristo, plasmados en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. En una humanidad en crisis, el obispo será testigo de la esperanza.
En la medida en que vivas fielmente tu misión, verás cómo se cumplen en tu vida las palabras de Jesús a los hijos del Zebedeo: “Son capaces de beber el cáliz que yo he de ver?… mi cáliz lo beberán”. En efecto, nuestra labor episcopal nos permite participar en el cáliz redentor de Cristo en primer en favor nuestro, pero también para la salvación de las almas. Apreciado Mons. Arnulfo ¡No tengas miedo, que el Señor está contigo para salvarte!
¿A quién iremos? Es el lema que has puesto en tu escudo episcopal. No sobra recordar la segunda parte de la frase: “tú tienes palabras de vida eterna” (Jn. 6, 68).
Ese “a quién iremos” lo podemos interpretar en dos dimensiones. La primera, la misma afirmación de Pedro. Todo nuestro caminar debe estar direccionado al encuentro con Cristo. En Él encontramos la vida, la salvación, el auténtico sentido de nuestra existencia. La fuerza para nuestro ministerio episcopal la encontramos en la íntima relación con quien nos ha enviado, pues es a Jesús mismo a quien anunciamos.
La segunda “a quién iremos”, o mejor, “a dónde vienes”, habla de los destinarios de la misión. Vienes a la Arquidiócesis de Cali, a una comunidad que te espera con ilusión y que te acoge como miembro de una familia con los brazos abiertos. Vienes a una comunidad sedienta de fe, sedienta de Dios.
Vienes a una Iglesia rica en valores, rica en tradiciones, rica en desafíos. Por eso no sobra recordar las palabras del Señor que escuchamos en el Evangelio de hoy dirigidas a los apóstoles que “el que quiera ser primero entre ustedes, que sea su esclavo. Pues igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt., 20, 27-28).
Ten presente este llamado del Señor, que nos dio ejemplo para que hagamos nosotros lo mismo, y como te acaba de decir el papa León XIV en la bula de tu nombramiento “no busques tanto presidir cuanto servir al bien espiritual de los fieles creyentes, y que, a semejanza de Cristo, el Señor, y de sus apóstoles, procures de este modo anunciar el Evangelio no solo con palabras sino con tus obras y con tu vida”.
Mons. Arnulfo, oramos por ti. Al recibir la plenitud del sacramento del orden, pedimos que el Espíritu Santo te colme de sus dones y a la Madre de Dios, en la advocación de nuestra Señora de los Remedios, que te acompañe y consuele, especialmente en los momentos de prueba. Amén.
+Luis Fernando Rodríguez Velásquez
Arzobispo de Cali



