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María, un modelo a imitar

Por: +Luis Fernando Rodríguez Velásquez

El mes de mayo tradicionalmente entre nosotros, lo dedicamos a la especial veneración de la Virgen María. De hecho, hay varias celebraciones litúrgicas marianas: Nuestra Señora del Rosario de Fátima el 13, María Auxiliadora el 24 y el 25, María Madre de la Iglesia.

Para entender mejor el papel de la Virgen María en nuestra de vida de creyentes, vale la pena leer con atención los números 963 a 975 del Catecismo de la Iglesia Católica, en el capítulo intitulado “María, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia”.

En el número 967, afirma así el catecismo: “Por su total adhesión a la voluntad del Padre a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es «miembro supereminente y del todo singular de la Iglesia» (LG 53), incluso constituye «la figura» [typus] de la Iglesia (LG 63)”.

De María se han dicho y descrito algunos de los elementos que nosotros, los bautizados de hoy estamos llamados a vivir. Veamos:

En el diálogo con el arcángel Gabriel:

“¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!” (Lc. 1, 28)

“No temas, María, porque Dios te ha mirado favorablemente” (Lc. 1, 29)

“El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc. 1, 35)

En el encuentro con Isabel:

“¡Bendita eres tú entre las mujeres!” (Lc. 1, 42)

“¿Cómo es que viene a mí la madre de mi Señor?” (Lc. 1, 43)

“¡Dichosa tú que has creído!” (Lc. 1, 45)

En la alabanza que brota del corazón de María encontramos el Magníficat, himno en el que recoge su experiencia espiritual que parte del reconocimiento de su pequeñez y de las grandes obras que Dios hace en ella y a través de ella.

“Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque se fijó en la humildad de su servidora. Desde ahora, todas las generaciones me llamarán dichosa porque obras grandes hizo en mi el Poderoso” (Lc. 1, 47-49).

Cuando tenemos el privilegio de acercarnos a estos pasajes relacionados con la Virgen María, ciertamente que podemos encontrar en ella, como bien lo dice la Iglesia, el modelo a imitar. En ninguna parte se dice que ella hubiera sido bautizada, con el bautismo de Juan, pero ciertamente que fue bautizada con Espíritu Santo y Fuego. Habiendo sido preservada desde siempre de todo pecado y elegida para ser la Madre de Dios, en la vida de María encontramos el anticipo de lo que debe ser la vida del bautizado, de quienes hemos sido injertados en la Iglesia por la gracia del bautismo, y de quienes, por este sacramento, hemos sido constituidos templos del Espíritu Santo.

Como se ha dicho en otras ocasiones, en la arquidiócesis de Cali estamos reflexionando este año entorno del sacramento del bautismo. Y qué mejor que poder tener ejemplos claros de los efectos que produce el bautismo en quien lo recibe y hace posible que sus dones produzcan los frutos que quiere Dios para el bautizado, que se concretan en la salvación eterna.

Del bautizado, como María, se puede decir que está lleno de la gracia de Dios, que el Señor está con él y que el Señor lo ha mirado favorablemente.

María fue llamada también por Jesús “bienaventurada”. Lo hace en el contexto de un diálogo en el que los vecinos alaban a su Madre. Dirá Jesús que mejor son “bienaventurados los que escuchan la palabra y la cumplen” (Lc. 11, 28).

Uno de los desafíos que tenemos los que hemos sido bautizados, es precisamente este, el de estar atentos a la palabra de Jesús para escucharla con el corazón y ponerla luego en práctica. Por eso mismo, María es modelo de vida cristiana. Nos enseñó a guardarlo todo en el corazón, a orar, a dejar que el Espíritu Santo actúe en cada uno y nos haga efectivamente santos, como ella. Como dice San Pablo VI en la carta Marialis cultus, María “es la mujer creyente, orante y oferente”.

En ese sentido, la piedad mariana tiene sentido cuando es capaz de superar lo externo, para ayudarnos a venerar a la Madre de Dios que quiere ayudarnos con su intercesión, a que alcancemos las glorias celestiales. Como bautizados, hechos hijos en el Hijo, hijos de María por voluntad de su hijo Jesús, es necesario ser dóciles para escuchar el llamado que ella misma nos hace: “Hagan lo que él les diga” (Jn. 2, 5). Es decir, que obedezcamos lo que Jesús, su amado Hijo, nos diga. Así debemos ser y hacer los cristianos.

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