Por: Jaime Alexander Moreno Gómez
Estudiante Escuela Diaconal Pablo VI
En el mes de mayo, la Iglesia dirige su mirada de manera especial hacia María, la madre de Jesús, invitando a los fieles a contemplar su vida y a profundizar en su ejemplo. Sin embargo, existe el riesgo de reducir su figura a una devoción superficial, desconectada de la realidad concreta en la que ella vivió. Es importante reconocer que María no es solo un modelo de piedad íntima, sino una mujer creyente cuya fe tuvo implicaciones reales en la historia. Redescubrirla hoy implica comprender que su respuesta a Dios no fue pasiva, sino profundamente transformadora.
El concepto de fe que se manifiesta en María puede comprenderse mejor a la luz del término griego pistis. Esta palabra no se refiere únicamente a creer, sino a una confianza profunda en Dios, a la convicción de que sus designios son verdaderos, a una relación íntima con Él que, de manera inmediata, conduce a una acción concreta. La fe, en este sentido, implica una respuesta existencial: una opción fundamental que se traduce en una praxis real frente al mundo.
Por eso, María no puede comprenderse al margen de su contexto histórico. Es una mujer pobre, perteneciente a un pueblo sometido política y económicamente. Hace parte de una realidad donde la esperanza de liberación marcaba la vida cotidiana. En ese contexto, su respuesta de fe a Dios —“hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38)— no es un acto pasivo, sino una adhesión total que compromete toda su existencia. Su fe no es solo aceptación, docilidad u obediencia, sino disponibilidad radical a la acción de Dios en la historia.
Esta dimensión se hace aún más evidente en el Magnificat (Lc 1,46-55), donde María proclama un Dios que actúa en favor de los humildes. Sus palabras, elevadas en oración y repetidas por la Iglesia en la liturgia de las vísperas, manifiestan la profundidad histórica y comprometida del Dios de la Vida. En ellas resuena con fuerza: “derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.
No se trata únicamente de una oración espiritual, sino de una proclamación profundamente teológica, con implicaciones sociales concretas. En ella se revela que la fe auténtica no es indiferente a la injusticia, sino que reconoce y anuncia la acción transformadora de Dios en medio de la historia humana.
Creer como María hoy implica confrontar una forma de fe que, en muchos casos, se ha vuelto cómoda e inofensiva. No son pocos los cristianos que veneran a María con devoción, pero permanecen indiferentes ante las realidades de injusticia, pobreza y exclusión que marcan nuestro tiempo. Se corre el riesgo de reducir la fe a prácticas religiosas desconectadas de la realidad, olvidando que el Dios de la Vida en quien María creyó es un Dios que toma partido por los desposeídos, empobrecidos, excluidos y violentados.
La fe que nos inspira María no admite neutralidad ni indiferencia. Interpela directamente las estructuras que generan desigualdad y sufrimiento. Cuestiona toda forma de cristianismo que se acomoda al poder, que convive con él, sobre todo con el poder económico, que venera al dios dinero, que apoya al poder opresor, en este país de la periferia, sometido a la potencia hegemónica política y económicamente. Así se convierte en un cristianismo que guarda silencio ante la injusticia o que separa la vida espiritual del compromiso con la dignidad humana. Creer como ella implica reconocer que la acción de Dios continúa hoy y que el creyente está llamado a participar activamente en esa transformación.
El Magisterio de la Iglesia ha insistido en presentar a María no como una figura idealizada o distante, sino como una mujer creyente que recorre un auténtico camino de fe en la historia. El Concilio Vaticano II, en Lumen Gentium, la presenta como modelo de fe y caridad, profundamente vinculada a la vida del mundo. En esta misma línea, la tradición latinoamericana, en la Conferencia Episcopal de Puebla, ha reconocido su papel en la historia de la salvación, destacando que en su canto proclama la acción de Dios en favor de la justicia y de los pobres.
En conclusión, María aparece no solo como objeto de devoción, sino como signo vivo de una fe que transforma la historia. Su vida recuerda que creer no es refugiarse en lo religioso, sino dejar que el Dios de la Vida actúe en lo concreto de la existencia. En un mundo atravesado por la guerra, el hambre, las amenazas de genocidios, bloqueos económicos, su testimonio se convierte en una llamada urgente a una fe coherente, encarnada y comprometida.
Vivir el mes de mayo desde esta perspectiva implica ir más allá de las expresiones externas y redescubrir en María el llamado a una verdadera conversión. No basta con honrarla ni repetir sus palabras; es necesario creer como ella: con una fe que escucha, que responde y que se arriesga a transformar la historia desde el Evangelio.



