Por: Monseñor Luis Fernando Rodríguez Velásquez, Arzobispo de Cali.
El mes de abril comienza con la gran solemnidad de la Pascua de resurrección del Señor. Es la alegría de la victoria de Cristo sobre la muerte la que debe embargar nuestros corazones y sentimientos, de manera que aun en medio de las dificultades que encontramos en el camino, sea la fuerza del Resucitado la que nos aliente y fortalezca.
Eje central de las fiestas pascuales, y especialmente de la noche de la Pascua, es el Bautismo. En la arquidiócesis de Cali hemos querido dedicar este año a redescubrir el valor y la fuerza de este sacramento. Cómo es de necesario y urgente que los bautizados tomemos más en serio el significado de los compromisos propios de la vida cristiana, que se reciben con el sacramento del Bautismo, mediante el cual, nos hacemos hijos de Dios, nos incorporamos a la Iglesia, nos hacemos hermanos en Cristo y por el baño del agua, las palabras del Bautismo, la unción del crisma y demás ritos del sacramento, llegamos a ser sacerdotes, profetas y reyes.
Por el Bautismo somos enviados a la misión. Somos constituidos discípulos y misioneros para hacer que muchos conozcan la vida nueva que nos regala el Resucitado.
El Catecismo de la Iglesia Católica dedica los números 1213 a 1284 al sacramento del Bautismo que vale la pena releer. Dice entre otras cosas, que el Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos” (n. 1213).
Presenta el Bautismo en la economía de la salvación, recordando que “desde el origen del mundo, el agua es la fuente de la vida y la fecundidad” (n. 1218), y es figura de los distintos acontecimientos que han dado la vida nueva, como la creación y el paso del mar rojo. El agua “simboliza la vida y la muerte, y significa la comunión con la muerte de Cristo (n. 1220). El agua representa el Espíritu Santo (Jn. 3,5). El Bautismo hace que podamos renacer del agua y espíritu. “El Bautismo es necesario para la salvación” (n.1257).
Pero hay un número que es sumamente importante en el que se afirma que “el Bautismo es el sacramento de la fe (cf. Mc. 16, 16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Solo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles” (n. 1253). En comunidad la fe se fortalece y se hace misionera para que muchos conozcan al Señor y se hagan partícipes de la salvación que nos ofrece. Ante la disminución de cristianos y bautizados, urge que los cristianos vivamos con coherencia la fe, para antojar a otros a bautizarse o a volver al amor primero en la Iglesia.
Y dirá, además, que “en todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la noche pascual la renovación de las promesas del Bautismo… El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda vida cristiana” (n. 1254). Una fe que no se cuida puede apagar su ardor. Entristece que un número importante de cristianos y católicos se denominen católicos no practicantes. ¿Qué hacer entonces?
Si tomáramos realmente en serio la fuerza de este sacramento, de seguro que el testimonio de los cristianos sería avasallador. La vida cristiana de la que se nos habla, reflejaría que en nosotros habita el Señor, y que el Espíritu Santo recibido en el sacramento, nos ayudaría no solo a cumplir los mandamientos, sino a tener los sentimientos de Cristo Jesús.
Más aun, hará posible que, en la vivencia de la vida cristiana que debe emerger del sacramento recibido, podamos transformar el mundo siendo fermento de esperanza. Un buen cristiano debe ser un excelente ciudadano. No podemos restringir el bautismo a solo un rito. La caridad, la solidaridad, el amor mutuo y la celebración de la fe en los distintos sacramentos de la Iglesia, como la reconciliación y la eucaristía, deben ser una constante.
Durante este tiempo pascual estamos siendo llamados a renovar con esperanza los compromisos del Bautismo. Hago este reiterado llamado para se haga la renovación con el convencimiento de que los tiempos que vivimos requieren una fuerza interior que nos permita discernir lo que Dios quiere para los cristianos y católicos en los tiempos convulsionados que vivimos.

