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Homilía de apertura del XIV EPA Continental

Hermanos obispos, presbíteros, diáconos, fieles de vida consagrada y fieles laicos:

Estamos aquí, en el Día del Señor, el Domingo, como comensales del banquete eucarístico. Es la cita semanal de los discípulos y hermanos,  los misioneros y servidores del Reino de Dios, nuestra cita con Jesus Resucitado.  Él viene a nuestro encuentro en el sacramento del Altar, alimentándonos con el doble PAN DE LOS HIJOS: el de la Palabra de Dios y el del Sacrificio de la Cruz.

Palabra, Cuerpo y Sangre, comunidad y ministerio sacerdotal, son la obra conjunta del Espíritu Santo y de la Iglesia, para regalarnos la gracia de la común participación de Cristo, la comunión que nos alimenta, que  nos forma, nos conforma y une, nos fortalece en el peregrinar de la fe y en la misión del Evangelio.

Con la alegría, los signos, las expresiones corporales, el canto, la danza y los instrumentos musicales, el vestuario y  el colorido de las culturas afroamericanas, esta misa dominical congrega a quienes han llegado a Cali, provenientes de 15 países del Caribe y America Latina, para participar en el XIV Encuentro Continental de la Pastoral con los Afro-descendientes.
Desde este día 15, hasta el 19 de julio, Cali, segunda ciudad del continente con la mayor población negra, será el hogar, casa y escuela de la espiritualidad transformadora que se forjó en las raíces africanas y en su encuentro con la fe cristiana;  se desarrolló en los palenques y comunidades que fueron surgiendo por doquiera;  y hoy se reúnen y conservan, con identidad cultural propia, en la fe común de la Iglesia católica.

Tres palabras claves nos da hoy el Evangelio de Marcos para captar esta fuente inagotable del Reino de Dios, que está en la persona del Resucitado y en la misión de su Iglesia: CONVERSIÓN, LIBERACIÓN, CURACIÓN. “Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”.  

Se trataba de los Doce, llamados, instruidos, dotados de autoridad y enviados de dos en dos por Jesús.
Es decir, de discípulos que ya tienen dentro de sí el don del Reino de Dios, el don del Amor a Jesús, del amor fraterno entre ellos, de la liberación personal ante el dinero y las cosas, ante la seducción del bienestar, ante el dolor y el rechazo, siendo capaces de ir a todos, sin prejuicios ni exclusiones,, y de encarnarse, ”inculturarse” y compartir lo que la gente es y vive, llevándoles el anuncio y la paz.

El Reino de Dios no es, por tanto, el resultado de nuestra misión eclesial. Por el contrario, nuestra misión es el fruto del Reino de Dios dentro de nosotros, en la vida de los creyentes y de sus comunidades.

Situémonos todos  en este marco dibujado hoy por la Palabra:  el de la misión profética de Amós, firme y verdadero, pacífico y valiente ante el sacerdote Amasías, como lo será luego ante los perpetradores de injusticias  y de engaño a los pobres y débiles;  el de los llamados, elegidos, consagrados y destinados por Cristo, de la carta a los Efesios;  el de la misión de Los Doce en el Evangelio de hoy.  
Solamente allí, en este marco común, con la luz y la fuerza del Amor Universal de Dios, con la fuerza del Resucitado y la comunión con sus padecimientos, podremos vivir este diálogo entre la fe y cada cultura, sin desarraigar a las personas ni hacerles daño, sin esconderles a ellos y a sus colectivos la gracia del Evangelio, la verdad de Dios, del hombre y del mundo, manifestada en Jesús y confiada a su Iglesia.

Evangelizar no es, entonces, solamente predicar un mensaje, sino posibilitar y promover la liberación de las personas, de sus pueblos, sus etnias y culturas, de cualquier forma de injusticia o esclavitud.
Hoy más que nunca, la Misión universal de la Iglesia tiene delante un importante reto: el de la inculturación de la fe. Decía el Beato y próximamente Santo, Paulo VI: “El Reino que anuncia el Evangelio es vivido por personas profundamente vinculadas a una cultura. Y la construcción del Reino, no puede menos que tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas”.
Que vivamos nuestra fe como experiencia transformadora del Reino de Dios y misión cuidadosa a todas las personas, sus sociedades y culturas. Que el XIV EPA EN CALI, lo vivamos con fortaleza profética y con decisión misionera y solidaria con la población afro-americana de todo nuestro continente.

Bienvenidos y bien hallados en esta tierra, en esta ciudad e Iglesia arquidiocesana, entre estas bellas y acogedoras gentes nuestras!

+Darío de Jesús Monsalve Mejia, arzobispo de Cali.