Junio: el mes de la Iglesia

 

Por: Darío de Jesús Monsalve Mejía
Arzobispo de Cali

Tanto el Año Litúrgico como nuestra “Semana Arquidiocesana” de Cali, del 13 al 20 de junio), nos invitan a profundizar en “la verdad de la Iglesia”.

El calendario de celebraciones del mes y la infaltable figura de María, invocada como Nuestra Señora de Los Remedios, Patrona de la Arquidiócesis y del Valle del Cauca, nos conducen al misterio, a la comunidad misionera y a la institución eclesial que, unida por el Espíritu Santo, continúa y extiende la misión de Cristo Jesús en todos los pueblos, tiempos y culturas.

Como Iglesia particular de Cali, avanzamos con la Iglesia Universal hacia la propuesta actual de la sinodalidad, entendiéndola, más que como mero “modelo de Iglesia”, como construcción permanente del Amor de Dios en las almas y en nuestro mundo humano.

Las solemnidades litúrgicas de junio inician con el Domingo de Pentecostés (día 5). La naciente Iglesia Apostólica, la que surge con la persona misma de Jesucristo, de su cruz y resurrección, proclama el Evangelio de la Vida que rompe cadenas de muerte, de odio, de mentira, de ídolos, de pecado y de culpa. Es la fuerza del Amor de Dios al mundo, la que se vuelve anuncio, testimonio y misión.

Como lo anunciaron los profetas y los sabios de Israel, como lo prometió Jesús a sus discípulos, ahora el Espíritu del Padre Dios y de su Hijo, ascendido y sentado a su derecha, es derramado sobre toda carne, toda persona y nación. La comunidad cristiana es el cuerpo visible que le transmita esta Alma Divina, con sus dones diversos y sus múltiples frutos. Dios establece su “morada” en quienes acogen la palabra y acogen a Cristo Jesús como su Salvación, su Señor y Dios, como Soberanía del Amor y Reino de Dios.

El fuego de este amor divino abre la libertad humana hacia la Verdad de Dios. Él revela su ser desde su actuar, desde el amar y el Amor que nuestra libertad puede reconocer en la Creación, en la Redención de la humanidad perdida y en la restauración de la armonía entre las criaturas todas, encaminadas a la perfección del Amor.

Las solemnidades de la Santísima Trinidad de Dios, de la Eucaristía en el Corpus Christi, de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, del Sagrado Corazón de Jesús, de los Santos Pedro y Pablo, Apóstoles, son una procesión de imágenes y realidades que contienen el misterio, la sacramentalidad, la “antropología teológica”, la ministerialidad de Cristo entre Dios y los hombres, y la doble misión evangelizadora (Pablo) y pastoral (Pedro) de la Iglesia.

Toda una “síntesis festiva y litúrgica” del ser y tarea de la Iglesia, desde el ser intratrinitario de Dios, hasta el ser comunitario y social que visibiliza este “cuerpo de Cristo”, que prolonga su encarnación en la vida e historia de la humanidad.

Para los creyentes católicos, la virgen María es el precioso “ícono” de la Iglesia, mujer y madre, sierva y servidora, maestra de Cristo e Intercesora de los cristianos, protectora de la humanidad.

El mes de junio nos trae el “con María” de la comunidad de los apóstoles, antes de Pentecostés, que evoca la unidad y la continuidad con la Anunciación y la Encarnación. Por ello, la actual liturgia ha puesto la memoria obligatoria de la “Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia”, el lunes siguiente a Pentecostés.

También el día 16 de junio, la tradición eclesial invoca a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, antigua imagen de la ortodoxia greco rusa y del occidente católico. Y el día 26, Nuestra Señora de la Paz, patrona de países y parroquias, es también invocada en nuestro “ordo” nacional.

Son títulos, muchos de ellos también litanicos, que proclaman la histórica solidaridad de María con las luchas de los creyentes y con los pueblos que se inspiran y acuden a Ella.

En el marco festivo de este “mes de la Iglesia”, miremos ahora la hermosa tradición de Nuestra Señora de Los Remedios, desde los inicios de la colonización de estos territorios ancestrales. Tradición que une a la Virgen María con la fe y la vida de los más pobres y sufridos, de los indígenas y los esclavos negros fugitivos de sus amos, los llamados “cimarrones”, refugiados en las montañas y los campos, en lugares apartados o en palenques y kilombos.

A la imagen de la Virgen, que indígenas y fugitivos veneraban en la escondida montaña de los indios Calimas, en las cañadas cordilleranas de El Queremal, en la cascada que denominaron “el manto de la Virgen”, le pusieron el nombre cariñoso de “la montañerita cimarrona”, cuyo niño Jesús, cargado con su brazo izquierdo, llevaba la tradicional y silvestre fruta del chontaduro en su manita.

Más tarde, trasladada a Cali por el frayle mercedario Miguel de Soto, quedó con el nombre español de “Los Remedios”, porque sus devotos la invocaban en las pestes y Ella les obtenía alivio del Cielo.

Así se unieron la devoción inicial de aborígenes, afro descendientes y campesinos con la de los citadinos caleños. E instalada en Cali en el año de 1580, en el templo de Las Mercedes, aquella misteriosa talla de piedra de pedernal, labrada sobre la roca de la cascada, fue declarada Patrona de la sede diocesana de Cali y, posteriormente, de la actual arquidiócesis metropolitana del Valle del Cauca.

La Semana Arquidiocesana, del 13 al 20 de junio, efectuada ya por varios años, concluye con el aniversario de la elevación de Cali como sede arzobispal, el 20 de junio de 1964, mediante la Bula “Quamquam Christi” de San Paulo VI, y la dedicación pontificia a Nuestra Señora de Los Remedios.

¿Cómo hacer la celebración en este año 2022? Sigamos el derrotero que nos trace la Vicaria de Evangelización y Pastoral. Incluyamos en ella los signos y gestos que den continuidad a nuestro “sensus ecclesiae” (sentido y sentir de Iglesia), a nuestro “sensus fidei y consensus fidelium” (sentido de fe y consenso de los fieles), de modo que el Amor a Jesús sea inseparable del Amor a María.

Que cada párroco con su Asamblea de Servidores, con sus fieles, tengan en esta ocasión y una vez más, la disponibilidad y el entusiasmo para testimoniar la devoción y veneración a la advocación patronal de Los Remedios.

Que sea ocasión para orar juntos por nuestra Iglesia diocesana. Una procesión o peregrinación, con la imagen o pendón de nuestra Patrona, hacia el templo mariano más cercano, con el Santo Rosario y la Santa Misa por nuestra Arquidiócesis, darían ese toque de familia, de “caminar juntos”, de Pueblo de Dios.

“De dos en dos”, como en el envío misionero, o “dónde dos o más se reúnan en mi nombre”, como en la promesa de Jesús en medio, nuestras feligresías y sus pastores se unan para hacer el signo de Iglesia Particular.

La oración con María nos haga fuertes como Ella en la fe, el amor y la esperanza, especialmente en el “socorro y remedio” a los que sufren y padecen enfermedad u opresión.

Los bendigo con pastoral afecto.

 

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