Viernes, 17 Marzo 2017 09:48
HOMILIA 15° ANIVERSARIO DEL ASESINATO DE MONS. ISAÍAS DUARTE CANCINO

Parroquia El Buen Pastor – Marzo 16 de 2017

Hace 15 años, cuando esta parroquia de El Buen Pastor se vestía de gala y celebraba la unión sacramental de numerosas parejas, inesperadamente la alegría de fiesta se convirtió en llanto de luto. Mente y manos criminales habían asesinado a su Pastor, Mons. Isaías Duarte Cancino, a sólo unos metros del atrio parroquial.

Estoy seguro de que este es un recuerdo perenne que hace que en cada ocasión que conmemoramos este luctuoso momento, surjan toda clase de preguntas, empezando por una muy simple ¿por qué mataron a Monseñor?

La liturgia de este día, de alguna manera, nos da una primera pista de labios del profeta Jeremías: “Nada hay tan engañoso y sin remedio como el corazón humano, ¿Quién podrá entenderlo?”. Así es. Ayer, como lo es hoy, ¿quién podrá entender el corazón humano, que por un lado expresa amor, sensibilidad, ternura, pero por el otro es capaz de las más grandes e inimaginables atrocidades? Claro, es que, como bien lo dice nuevamente Jeremías, quien aparta el corazón de Dios, “es como un cardo en un yermo, que nunca ve la lluvia, que crece en los arenales del desierto, en tierra estéril, donde nadie vive”.

En su misión profética, Mons. Isaías fue valiente para anunciar y denunciar, aún con el convencimiento de que esta valentía le podía implicar asemejarse más a Jesús, como bien lo recordó en la reflexión sobre la Cuarta Palabra del viernes santo 2012, grabada antes de ser asesinado: “Asumamos el compromiso de amar y seguir a Cristo, asumamos el compromiso de padecer con él y de ofrecer este sufrimiento, para que el Señor transforme nuestros corazones”.

Cuando se es fiel al Señor que lo eligió y lo envió, la labor profética del pastor va más allá de anunciar y denunciar, para dejar una huella. Podríamos decir, en este sentido, que los auténticos profetas nunca pasan de moda. Han dejado huella los profetas del Antiguo Testamento, también Juan el Bautista y Jesús. En los tiempos modernos, sólo por poner un ejemplo, ha dejado una huella profunda el Concilio Vaticano II, bajo la inspiración profética del beato Pablo VI y San Juan XXIII. Las palabras de los profetas leídas con fe, resuenan con intensidad y parecen haber sido escritas en el mismo instante en que se leen. Recordemos a Mons. Isaías Duarte, quien en 1999 dijo:

“En la actual situación que vive Colombia, violencia (por la guerrilla, paramilitares y delincuencia organizada), corrupción, injusticia social, justicia por la propia mano, intolerancia, falta de oportunidades para la educación, la vivienda, la salud, el empleo…, en definitiva, desconocimiento y violación de los derechos fundamentales, vale la pena anotar los desafíos concretos de la Iglesia Católica…”.

Esto que describió entonces el Arzobispo inmolado, no se aleja en nada de lo que hoy vive nuestro país. Hoy, tal como lo narra también el texto bíblico, siguen las actitudes de discriminación y de pobreza, repitiendo el pasaje del rico epulón y Lázaro, en el que los ricos son menos y más ricos, y los pobres son más numerosos y más pobres. Es un dato cierto, que Colombia ocupa el triste lugar de ser uno de los primeros países más inequitativos de América latina. Contra esta inequidad luchó proféticamente Mons. Isaías, y estoy más que seguro, que hablará proféticamente también el Papa Francisco, cuando nos honre con su visita.

Por otra parte, con la mirada adusta, pero profundamente humana, Mons. Isaías soñó siempre con que las generaciones de colombianos de todos los tiempos, pudieran vivir en una nación en paz. Por eso denunció todo lo que significara acomodaciones interesadas, en algunas situaciones muy parecidas a nuestros tiempos. Decía en 1996: “Tenemos el peligro de creer más en la guerra que en la paz, más en la solución violenta de los conflictos que en la búsqueda de soluciones inteligentes a los problemas que nos agobian”; y continuaba Mons. Isaías, “la palabra profética del pastor debe hacerse cercana a los grupos en conflicto, buscando el momento propicio para invitar a la reconciliación y a buscar salidas inteligentes al problema que se padece”. (Escrito con ocasión de la entrega del Palio Arzobispal en 1996).

La fuerza y la valentía de Mons. Isaías brotaban de su fe en el Señor. Él vivía y entendía plenamente lo que dijimos con el salmista: “dichoso el que pone su confianza en el Señor”. Sí, como pastor de un pueblo perteneciente a “un mundo violento, intolerante e insensible”, como lo dijo en 1999, Mons. trabajó para que el anuncio de Jesucristo se realizara con entusiasmo, se recuperara la esperanza en uno mismo, en el otro, en Colombia y en Dios, y se presentaran, cumplieran, defendieran y anunciaran los derechos humanos como hilo conductor de todo el quehacer pastoral (cfr. Revista Metropolitana, Cali, 1999).

El recuerdo de Mons. Isaías, nos ha de animar a dar gracias a Dios por su vida, por su obra, por su testimonio valeroso. Nos ha de ayudar a ponernos también nosotros en el camino de la conversión, para que imitando su ejemplo, sigamos construyendo la civilización del amor.

En la parroquia de El Buen Pastor, nos dejó un buen pastor, uno que como lo ha dicho el profeta Jeremías: “es bendito, porque ha confiado en Dios, y porque ha puesto en él su esperanza”.

Cómo no hacer nuevamente un llamado a los hombres y mujeres de buena voluntad, para que cesen de una vez por todas los conflictos armados, para que el respeto a la vida y la dignidad del ser humano, sean siempre respetados, para que se permita la libre expresión de la fe, en Cristo y en su Iglesia, para que la justicia sea verdadera garante de la verdad y la libertad.

La Arquidiócesis de Cali llora todavía a su pastor, pero ahora lo hace con la esperanza cierta de que él desde el cielo, intercede por esta su Iglesia particular y por éste su país, a los que tanto amó.

Nos dará más consuelo el día en que se logre conocer la verdad de los hechos que motivaron y llevaron a la muerte de Mons. Isaías y de tantos otros, hombres y mujeres, de todas las condiciones económicas, líderes políticos y sociales, empresarios, religiosos, que igualmente derramaron su sangre con el anhelo profundo de alcanzar el ideal de la paz, pero se han sumido en la impunidad.

Feligreses de la parroquia de El Buen Pastor, hagan que la semilla de sangre sembrada por Mons. Isaías, sea para cada uno semilla de fe, de esperanza y de amor, recordando la antigua frase: “sangre de mártires, semilla de cristianos”. No hagamos de la muerte de Mons. Isaías, una muerte inútil.

Termino, recordando un aparte de la homilía de la Misa Crismal de 1997 en la que Mons. Isaías, dirigiéndose a los sacerdotes y también a todo el pueblo fiel, decía con vehemencia: “Así como los apóstoles dieron testimonio del Señor hasta derramar su sangre por el Evangelio, el sacerdote está llamado a ser testigo viviente de Jesús”. Sí. Y esas palabras él las aplicó en sí mismo de forma radical. Monseñor dio “testimonio del Señor hasta derramar su sangre por el Evangelio”… llegó a “ser verdaderamente testigo viviente de Jesús”. Amén.

+Luis Fernando Rodríguez Velásquez
Obispo Auxiliar