Martes, 06 Septiembre 2016 15:21
DIOS ES MISERICORDIA

Punto de partida: Los creyentes,  más que hacer discursos “sobre Dios”, narramos, contamos, transmitimos UNA VIVENCIA, UNA EXPERIENCIA, UN ENCUENTRO CON DIOS. San Juan lo expresa así en su primera carta: “Lo que existía desde el principio, lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos –hablamos de la Palabra, que es la vida, porque la vida se manifestó, nosotros la vimos, damos testimonio y les anunciamos la vida eterna, que estaba de cara al Padre y se manifestó a nosotros-, eso que vimos y oímos se lo anunciamos ahora…” (1 Juan 1, 1-3).

Ahí está pues la clave de todo “hablar sobre Dios”: DECIR CÓMO LO EXPERIMENTAMOS, CÓMO NOS DIRIGIMOS A ÉL (LA ORACIÓN), CÓMO NOS ACERCAMOS A ÉL Y CÓMO ÉL SE ACERCA A NOSOTROS (LAS CELEBRACIONES SACRAMENTALES), CÓMOS NOS TRANSFORMA (NUESTRAS CONDUCTAS).

Un conocido teólogo abre su reflexión sobre Dios así: “Érase una vez un hombre que tenía junto al mar un jardín que él mismo había plantado y cuidado, y sentía cariño por cada una de las plantas que había sembrado en él. Pero llegó una tormentosa noche de invierno que amenaza el jardín, y el hombre, por el motivo que fuera, no podía ocuparse en persona de su jardín. Entonces decidió enviar a su fiel y único hijo al amenazado jardín para que salvara lo que pudiera ser salvado del jardín. Uno de los sirvientes dijo: “Es una locura enviar ahora al hijo: morirá en la inundación”. Otro sirviente le preguntó: “¿Qué es más valioso para ti: el jardín o tu hijo?”. Y el hombre respondió: Mi hijo y yo somos uno. Mi alegría es también la suya. Él sabe cuánto amo el jardín, y lo hace por mí. Él conoce bien el jardín, él fue determinante a la hora de plantarlo”. De nuevo uno de los sirvientes le dice: ¿Cómo puedes hacer sufrir así a tu hijo? Un hombre vale más que un jardín. ¿Qué clase de amor es el que tienes? No te comprendemos, hablas de un amor loco, sin prudencia, sin mesura. Y respondió el hombre: ¿Conoces algún amor que sea de otra forma? ¿No constituye esta locura mía mi más profundo y recóndito misterio?” (El teólogo se llama Klaus Berger y narra esta historia en su libro titulado JESÚS).

Es bien sugestiva la anécdota e inmediatamente hace pensar en el pasaje bíblico del Evangelio de san Juan en el que hay un diálogo entre Jesús y un maestro judío llamado Nicodemo que visita de noche a Jesús para preguntarle en privado quién es, de dónde viene, qué es  eso de nacer nuevamente, etc., y Jesús le va abriendo el misterio hasta decir: “Porque así demostró Dios su amor al mundo, llegando a dar a su Hijo único, para que todo el que crea en él tenga vida definitiva y ninguno perezca” (3, 16). Y en los evangelios llamados sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), siempre que Jesús “habla de Dios”, relata un ejemplo, una parábola que desconcierta y “pone a pensar”, porque utiliza una lógica muy distinta a la nuestra: “un hombre tenía cien ovejas, se le perdió una y dejó las noventa y nueve para buscar la perdida…” ¿Quién hace eso dejando en peligro las noventa y nueve?

“Un padre tenía dos hijos, uno le pidió la herencia y se fue lejos y se la gastó…volvió luego a pedir perdón…y el PADRE LE HACE UNA FIESTA…” ¿No sería mejor aplicar aquello de que “el que la hace la paga”? ¿No sería más sano castigar ejemplarmente al hijo descarriado? Es lo que nos enseña la experiencia, la vida, la sicología cotidiana. “Un patrón contrató a unos obreros por la mañana, luego a medio día y luego al atardecer. Luego les pagó lo mismo a todos, comenzando por los que llegaron tarde a trabajar”. Hasta los sindicatos protestarían inmediatamente, ¿cómo es eso?

PUES ESA ES LA MISERICORDIA QUE BROTA DEL PADRE, QUE EL HIJO LA NARRA Y EL ESPÍRITU SANTO LA HACE VIVENCIA CLARA EN NUESTRAS VIDAS. También nosotros experimentamos en nuestra existencia la MISERICORDIA INFINITA DE DIOS que no lleva “cuenta de nuestros pecados” que nos levanta así caigamos mil veces. También nosotros constatamos continuamente aquello de que “Dios hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mateo 5, 45).

Cuando ORAMOS Y CELEBRAMOS NUESTRA FE, especialmente cuando participamos en la EUCARISTÍA comenzamos siempre “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” porque intuimos o alcanzamos a comprender esa profundidad del misterio grande de Dios que “nos abraza”, “nos envuelve”, “nos arropa” más allá de lo que podemos entender.

Toda la dinámica de la celebración eucarística está llena de ese AMOR MISERICORDIOSO DEL PADRE, DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU. En el acto penitencial con el que se inicia la Eucaristía, una de las fórmulas que usa el sacerdote dice: SEÑOR, TEN MISERICORDIA DE NOSOTROS (y el pueblo responde: Porque hemos pecado contra Ti). MUÉSTRANOS SEÑOR TU MISERICORDIA (y se responde: Y DANOS TU SALVACIÓN. Son palabras tomadas del Salmo 84). En la Plegaria Eucarística número dos, cuando se hace recuerdo de los difuntos se dice: “Recuerda a los que han muerto en tu MISERICORDIA y a renglón seguido se pide LA MISERICORDIA PARA TODOS NOSOTROS (los que estamos participando en la celebración). Después de recitar el PADRENUESTRO, el celebrante continúa: “Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, AYUDADOS POR TU MISERICORDIA, vivamos siempre libres de pecado…”

Finalmente, los creyentes, que tenemos en gran puesto a MARÍA DE NAZARET, desde muy antiguo la invocamos con un bello himno gregoriano: SALVE MATER, MISERICORDIAE, MATER DEI, ET MATER VENIAE, MATER SPEI ET MATER GRATIAE, MATER PLENA SANCTAE LAETITIAE, OH MARIA = Salve, Madre de misericordia, Madre de Dios y Madre del perdón, Madre de la esperanza, y Madre de la gracia, Madre llena de santa alegría, Oh María.

Una palabra sobre la conducta, la ética, el comportamiento: Quien experimenta la MISERICORDIA DE DIOS es transformado en su interior por Dios mismo, no por mérito propio. El pasaje más claro es el de Zaqueo (leer Lucas 19, 1-10). Allí Zaqueo, dice públicamente: “la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si a alguien le he sacado dinero se lo restituiré cuatro veces”. En toda la Biblia, el cambio de conducta se “debe al actuar del Espíritu de Dios” en la persona que se ha abierto a ese Dios, que ha escuchado la Palabra, que invoca al Espíritu. Ver el famoso Salmo que “entona” David: “Oh Dios crea en mí un corazón puro, RENUÉVAME CON ESPÍRITU FIRME…