Miércoles, 24 Agosto 2016 09:37
LABOR DEL DELEGADO DE LA EUCARISTÍA

Santiago de Cali, 16 de agosto de 2016

LABOR DEL DELEGADO DE LA EUCARISTÍA EN LA MISIÓN

Por Pbro. Édison Marín Triviño, Pbro.

El servicio litúrgico de distribuir la comunión, tal como ha quedado ahora regulado (CV II, SC 48; RSCYCEFMN°17), se puede decir que ha entrado bien en la sensibilidad del pueblo cristiano. No en vano había sido un verdadero tabú durante siglos para los laicos el tocar con la mano la Eucaristía.

Sacramento de la Eucaristía

Nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y su Sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de gloria futura.

Las varias funciones incluidas en este ministerio son:

- Dentro de la Misa: ayudar al sacerdote a repartir la comunión, cuando es grande el número de comulgantes y faltan otros ministros ordenados; o bien cuando se quiere dar bajo las dos especies.

- Fuera de la Misa: cuando en ausencia del sacerdote hay fieles que quieren comulgar (Liturgia de la palabra).

- A los enfermos

- Celebraciones dominicales en ausencia del sacerdote, en las que los laicos pueden recibir el encargo oficial por parte del Obispo de presidir la celebración de la palabra y distribuir a sus hermanos la comunión.

- La exposición del Santísimo, en ausencia del sacerdote.

Toda eta serie de servicios litúrgicos obedece al deseo de ayudar a que la comunidad cristiana celebre mejor la Eucaristía.

Se puede decir que la motivación primera es la utilidad pastoral. Así, dentro de la Misa, el que unos laicos puedan ayudar a repartir la comunión cuando son muchos los fieles y no hay suficientes ministros ordenados, favorece el que la celebración sea ágil, proporcionada, no innecesariamente larga.

En los casos en que, fuera de la Misa, los laicos son encargados de repartir la comunión, la comunidad cristiana encuentra facilitado su acceso a este sacramento, si en caso de no concederse este permiso se tuviera que quedar sin comulgar. Así mismo los enfermos pueden comulgar más frecuentemente.

Con este servicio se da otra imagen de la Iglesia y se pone de manifiesto la dignidad del laico. En virtud de su bautismo, todo cristiano pertenece a la comunidad sacerdotal y puede recibir este encargo de ayudar a sus hermanos también en la celebración de los sacramentos. Aquí se trata de una misión litúrgica no necesariamente ligada al ministerio ordenado. El Bautismo no da «derecho» a ejercitar ni este ni otro servicio, pero sí la «capacidad» de recibir por parte de los responsables la misión de ejercerlos en bien de la comunidad.

Es un ministro «extraordinario»

Los laicos que reciben así esta misión, dentro o fuera de la Misa, son considerados ministros «extraordinarios» de la comunión. También los acólitos «instituidos» lo son, aunque sean ministros permanentes. Los únicos ministros «ordinarios» de la distribución de la comunión son los ordenados (diáconos, presbíteros y obispos).

Llamar a un ministro «extraordinario» significa que sólo puede ejercitar el encargo recibido en ausencia de los ministros ordenados. Si hay diáconos o sacerdotes, son éstos los que deben distribuir la Eucaristía. Empezando por el presidente de la celebración, que es el que con mayor coherencia, en nombre de Cristo, reparte a sus hermanos el Cuerpo y la Sangre del Señor (todos los documentos desautorizan expresamente el que un sacerdote se siente y deje que sean los laicos solos los que repartan la comunión).

Actitud exterior e interior

Distribuir la comunión es un servicio hermoso, significativo, que debería llenar de alegría a quien es llamado a realizarlo.

Exteriormente no hace falta decir que si todo servicio litúrgico merece una compostura y una actitud digna, éste de la comunión todavía lo pide más.

Ante todo se pide a estos delegados respeto y aprecio a la Eucaristía: es el momento central de la celebración, cuando Cristo se da a los suyos como alimento de vida eterna. Todo delegado que ayude a que la comunión se realice con dignidad, debe él mismo estar convencido de la importancia de este sacramento, tener «sentido de lo sagrado», porque está sucediendo el misterio central de la donación de Cristo y de la fe de los cristianos. Está ayudando a un acontecimiento de fe y debe notársele en su modo de actuar y en su postura interior.

Estos delegados deben mostrar también su respeto y amor a la comunidad a la que sirven: están ayudando a sus hermanos a recibir al Señor en las mejores condiciones posibles de celebración. En el caso de llevarlo a los enfermos, están facilitando este encuentro de fe a personas que no han podido acudir a la celebración comunitaria.

Esta delegación no es un «privilegio» para ellos, sino un «servicio» para bien de los demás. Su actitud interior y exterior de «servidores» y su talante humilde harán manifiesta su fe en la importancia de la Eucaristía y el respeto que les merece la comunidad.

Es un servicio que debería ir unido a una actitud de disponibilidad generosa: muchas veces no será cómodo estar dispuestos a participar en algunas celebraciones en que hace falta este servicio, porque no coincide con los planes y proyectos personales del fin de semana: pero todo servicio es para los demás, no para provecho propio.

Algunas cosas que se han de observar al distribuir la sagrada comunión

-          Cuando se administra la Sagrada comunión en un lugar diferente de la iglesia, prepárese una mesa decente cubierta con un mantel; téngase también preparado los cirios.

-          Los ministros extraordinarios lleven o el vestido litúrgico tradicional de la región, o un vestido que no desdiga de este ministerio y que el Obispo apruebe.

-          Para administrar la comunión fuera de la iglesia, llévese la Eucaristía en una cajita u otro vaso cerrado.

-          Al distribuir la Sagrada Comunión consérvese la costumbre de depositar la hostia consagrada en la lengua de los que reciben la comunión. Sin embargo, las Conferencias Episcopales pueden decretar, con la confirmación de la Sede Apostólica, que en su jurisdicción se pueda distribuir la sagrada comunión depositándola en la mano de los fieles (IGMR- Instrucción pastoral de los obispos de Colombia N° 18).

-          La sagrada comunión debe ser distribuida por el ministro competente, que muestre y entregue al comulgante el pan consagrado, diciendo, diciendo la fórmula: «El Cuerpo de Cristo» a lo que cada fiel responde «Amén».