Miércoles, 24 Agosto 2016 09:25
LABOR DEL DELEGADO DE LA PALABRA

Santiago de Cali, 09 de agosto de 2016

LABOR DEL DELEGADO DE LA PALABRA EN LA MISIÓN

Por Pbro. Édison Marín Triviño

La palabra es vida, amor, alimento. Sin la palabra nos morimos. Dar la palabra es entrar en contacto, crear vínculos, regalar lo mejor de uno. ¿No es verdad que cuando nos enojamos con alguien lo primero que hacemos es dejarle de hablar, negarle la palabra? Sabemos bien lo que vale nuestra palabra porque la negamos.

Para que se pueda tener verdadera fe en alguien, es necesario que nos de su palabra. Así, Dios nos ha dado su palabra. Cristo es la palabra. Dios nos ha dado a Cristo, su Hijo, su palabra. Ha querido dialogar con nosotros. Dialogar es dar la palabra.

En la Iglesia no cabe  celebración sin palabra. La relación entre Escritura y Eucaristía ya es patente en el capítulo sexto de Juan. Palabra y sacramento se  relacionan de manera que la liturgia se alimenta de la palabra de Dios, la cual a su vez, se convierte, por un nuevo título, en palabra de vida. Por eso el rito eucarístico que nos mandó celebrar el Señor posee esta infraestructura: liturgia de la palabra y liturgia eucarística.

Así lo encontramos reflejado en un precioso relato pascual (Lc. 24, 13-35) sobre la base histórica del encuentro de dos discípulos donde se desarrolla una narración catequética tendente a expresar el  encuentro de Jesús, su Palabra misma con aquellos que se encuentran afuera. En efecto, en el atardecer del día de pascua, un misterioso hombre se agrega en el caminar hacia Emaús con aquellos dos discípulos descorazonados que no le reconocen por su fisonomía. A continuación el compañero de camino hace una catequesis. La vida y la palabra de Dios conducen a la celebración del sacramento, en este caso la fracción y la bendición del pan. La conjunción de los tres elementos -vida, palabra, y fracción del pan- provocan la apertura del corazón y de los ojos para captar la presencia del Resucitado.

El Resucitado se revela en la alternancia entre presencia y ausencia: cuando está presente "no es visto", y cuando se abren los ojos de los discípulos, entonces ya no está. Y es que Jesús nos acompaña aunque no lo percibimos, y cuando se nos abren los ojos de la fe y el corazón de la comprensión entonces lo percibimos presente aunque nuestros ojos corporales no lo vean.

Aquí tenemos la estructura fundamental de la celebración eucarística: la mesa de la palabra y la mesa del pan.

Ahora bien, hay un detalle que no debería pasar desapercibido: aquella explicación de las Escrituras por parte de Jesús, ¿acaso fue un gesto inerte, mera palabrería? En absoluto; fue un proceso comunicativo de enorme trascendencia. Puso a arder los corazones de Cleofás y su compañero. Con aquella explicación, Jesús penetra en su corazón, les comunica algo de la vida que habita en Él. Por eso quitar a la celebración eucarística la liturgia de la palabra no sería separar una parte, sino mutilar un organismo. Por ello, ambas constituyen un solo acto de culto.

Que la proclamación de la palabra se hace culto divino en la celebración conlleva que esa celebración de la palabra no solo se ordena a realizar el aspecto santificante (dimensión descendente), sino también el aspecto igualmente objetivo del culto (dimensión ascendente) «Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo»  (Is 55, 10-11).

En consecuencia, la proclamación de la palabra de Dios constituye una realidad que sólo puede apreciarse en su justa medida desde el estatuto teológico de la liturgia. La liturgia de la palabra no puede tener otras coordenadas que las de la liturgia misma, que es sincronía con la redención, presencia, y actualización eficaz de la salvación por medio de signos sensibles. Por eso, en la celebración se da la actualización perfecta de los textos bíblicos. Más que una realidad cerrada en sí misma y estática, la celebración es el lugar donde la palabra revelada se manifiesta como palabra que actúa.

Por consiguiente, es en su momento cultual donde la Escritura desprende sus esencias más íntimas. La lectura de los textos está afectada por la mediación del receptáculo en el que esa lectura se lleva a cabo: la celebración de la Eucaristía. Entonces, la proclamación de los contenidos bíblicos se realiza con la máxima fuerza y del modo absolutamente mejor, es decir, actualizándolos.

En efecto, de toda celebración eucarística brota irreprimible el canto pascual: «Cristo ha muerto. Cristo ha resucitado. Cristo volverá», y ninguna palabra humana podrá tener jamás esa fuerza. Cualquiera que sea el texto que se proclame en la liturgia de la palabra, nunca podrá comprenderse desligado del plan salvífico de Dios, orientada siempre al misterio pascual de Jesucristo. No hemos de aproximarnos a la palabra de Dios como a un pasado, sino como al presente; no como a una espera, sino como a un cumplimiento. El cristiano que participa en la Eucaristía se siente inmerso no en el tiempo de las promesas, sino en el tiempo del cumplimiento de las promesas, que es el tiempo de la liturgia.

Nunca la Biblia es tan Biblia como cuando se la proclama en la Eucaristía que celebra la Iglesia. La vitalidad, la actualidad y el dinamismo del sentido profundo de la Escritura se realiza en la liturgia, ya que tal sentido profundo no es sino la unidad de la economía salvífica, que se actualiza en el rito.