Martes, 26 Julio 2016 17:06
Vida Arquidiocesana Misión Permanente- Artículo

Por: Pbro. Germán Martínez R.

logomisioncontinental

En la Sagrada Escritura todo gira alrededor del pueblo de Dios: El Señor ha escogido, ha elegido un pueblo en el que quiere habitar, lo saca de la esclavitud, lo conduce a través del desierto, hace grandes proezas a favor de él, le nombra jueces y liberadores, deja que el pueblo “copie” a sus vecinos y se nombre “sus reyes” con las consecuencias propias del dominio, el abuso, la explotación y el asesinato que esos reyes propiciaron a pueblo.

Cuando han perdido la tierra y han sido llevados a tierra extranjera vuelve a intervenir con gran poder y los regresa nuevamente a la tierra; el profeta Isaías es testigo de ese acontecimiento que narra como “un segundo éxodo”. Y san Pablo dirá algo grande: “Cuando se cumplió el plazo envió Dios a su hijo, nacido de mujer, sometido a la Ley, para rescatar a los que estaban sometidos a la Ley, para que recibiéramos la condición de hijos. Y la prueba de que sois hijos, es que Dios envió a vuestro interior el Espíritu de su Hijo, que grita: Abba, Padre. De modo que no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo eres también heredero, por obra de Dios” (Gálatas 4, 4-7).

La obra de Dios, realizada por Jesús, ha consistido precisamente en liberar a cada persona de su condición infantil y darle el estado de hijo adulto; en el derecho griego, era el padre quien determinaba el momento de mayoría de edad del hijo. Cuando eso sucedía, el adulto no necesitaba códigos que guiaran su conducta. La enseñanza de Pablo es que el agente de la nueva condición es el Espíritu Santo, la comunicación de la vida de Dios mismo, que de esa manera se muestra como Padre. Abba, es la expresión de intimidad en esta nueva relación creada entre Dios y las personas. Además, el Padre no ha elegido al Hijo sólo para sí, sino que, como Dios trinitario, desea convivir entre nosotros. Así lo expresa la fórmula de la alianza: “Quiero ser su padre, y ellos serán mis hijos; quiero ser su Dios, y ellos serán mi pueblo; quiero habitar en medio de ellos”. He ahí la Iglesia, el pueblo de Dios renovado. Filiación divina e Iglesia están profundamente relacionados. El Elegido y los elegidos, Jesús como nuevo templo de Dios, el Espíritu que nos anima y acompaña forman una unidad. En esta apretada síntesis está la razón de ser de NUESTRA VIDA ARQUIDIOCESANA. Eso significa que como Iglesia particular, en cada parroquia, en cada movimiento eclesial, en cada creyente, se va realizando la “condición de hijos de Dios” gracias a la celebración del MISTERIO PASCUAL, de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Por eso decimos que de la Eucaristía nace la Iglesia.

Por eso intentamos seriamente “arrancar desde la Eucaristía” todo proyecto, todo plan organizativo, toda evangelización, todo proceso de crecimiento en la fe. Por eso es la Eucaristía el punto de referencia principal para “caminar juntos” = sinodalidad, para ejercitarnos en la caridad = solidaridad, para incluir a todos los que buscan a Dios con sincero corazón. Ahora se entiende mejor el significado de la MISIÓN PERMANENTE: No se trata de una moda, no es un ensayo entre otros a “ver si ahora sí cuaja”, no es una “actividad más” entre las muchas que hacemos. No. La MISIÓN PERMANENTE es la condición propia de la Iglesia: Evangelizar, Celebrar, Anunciar, Salir de sí misma, Ser Samaritana, Acoger, Ser Signo de Salvación para el mundo. Por ahí hemos de continuar creciendo en la fe en nuestra Arquidiócesis, dejando ya la fe infantil, sin añorar el pasado, sin refugiarnos en supersticiones, asumiendo verdaderamente el gran don de la filiación que Dios en Cristo no regala y que se hace operante por la presencia del Espíritu.