Martes, 26 Julio 2016 17:03
ITE MISSA EST - Artículo

Por: Pbro. Germán Martínez R.

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Con esas palabras se despedía antiguamente a la ASAMBLEA LITÚRGICA, y el Catecismo de la Iglesia, hablando de los diversos nombres del Sacramento de la Eucaristía, afirma en el número 1332: “Santa Misa porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con EL ENVÍO DE LOS FIELES (missio, palabra en latín, que significa envío), a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana”.

Muchos siglos atrás ya san Pablo, exhortando a los creyentes de Tesalónica, les decía en griego: “Dad gracias por todo, pues esto es que Dios, en Cristo Jesús, quiere de ustedes” (leer 1 Tesalonicenses 5,18). Y san Justino, mártir hacia el año 168 de nuestra era, nos ha transmitido un texto muy importante en el que nos dice cómo se celebraba la Eucaristía o Santa Misa en el primer siglo: “Nadie puede tomar parte en el alimento que llamamos Eucaristía si no vive conforme a la tradición de Cristo. Por eso, los que tienen bienes, vienen en ayuda de los que carecen de ellos. Por lo que comemos, bendecimos al Creador del universo por su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo.

El día del sol (el domingo), todos los habitantes de las ciudades o del campo se reúnen en un único lugar. Se leen los recuerdos de los apóstoles y los escritos de los profetas durante un tiempo conveniente. Al terminar la lectura, el que preside toma la palabra para llamar la atención sobre unas enseñanzas tan hermosas y exhortar a seguirlas. En seguida, nos levantamos todos y expresamos nuestras intenciones de oración. Después se trae pan, vino y agua y el presidente eleva de todo corazón al cielo oraciones y acciones de gracias, y el pueblo responde por la aclamación: Amén. Después se comparte y se distribuye a cada uno los alimentos sagrados y se envía su parte a los ausentes por medio de los diáconos. Los que son ricos y quieren ser generosos, dan espontáneamente, cada uno lo que le parece, y se entrega al presidente el producto de esta colecta para que él se encargue de socorrer a los huérfanos y viudas, o a los que por enfermedad o de otras causas pasan necesidad, como los prisioneros y los extranjeros.

En una palabra, se atiende a todos los que lo necesitan. Y nos reunimos el día del sol porque es el primer día, aquel en que Dios separó la luz de las tinieblas para hacer el mundo y es el día en que Nuestro Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos”. Así se celebraba LA EUCARISTÍA O SANTA MISA desde el siglo II. Así lo recibió la Iglesia y así lo sigue haciendo. El problema está en que hemos olvidado lo esencial y hemos convertido la Eucaristía o Santa Misa en UNA DEVOCIÓN PRIVADA: MI MISA, LA MISA POR MI MAMÁ Y SÓLO POR ELLA, NADIE MÁS PUEDE SER NOMBRADO. Y LOS DEMÁS QUE BUSQUEN TAMBIÉN SU MISA PRIVADA.

De esa manera hemos perdido el sentido profundo de este gran Sacramento. La MISIÓN PERMANENTE en la que estamos todos empeñados debe devolvernos el SENTIDO ORIGINAL DE LO QUE CRISTO NOS DEJÓ.