Martes, 26 Julio 2016 16:56
Señor, soy un pecador, ven con tu misericordia - Artículo

Por: Pbro. Germán Martínez R

logomisioncontinental

En la concepción bíblica, la noción de pecado tiene que ver con el Dios que se manifiesta como el Santo, el totalmente Otro: El profeta Isaías lo describe bellamente en su relato vocacional (capítulo 6). En la misma línea lo hace Pedro en el relato de san Lucas sobre la pesca abundante: “Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” (5,8).

En ambos relatos se oye, de parte de Dios,el equivalente a “no temas”. Significa que Dios no “aplasta”, “no elimina” al hombre y a la mujer cuya condición es la de ser pecadores. Ni siquiera ante un pecado concreto como el del adulterio se condena al personaje, la escena clásica se narra en el Evangelio de san Juan capítulo 8. Después de escribir en el suelo le dice Jesús a la mujer: “¿Dónde están los otros? ¿Ninguno te ha condenado? Contestó ella: ninguno, Señor. Jesús le dijo: Pues tampoco yo te condeno. Vete Y EN ADELANTE NO VUELVAS A PECAR” (8,11). Las palabras en mayúsculas quieren poner el énfasis en todo el pasaje, del cualsólo retenemos lo “que nos conviene”: “El que no tenga pecado, que le tire la primera piedra” (verso 7), recordamos esa parte porque de alguna manera “nos justifica”, “nos hace sentir a todos pecadores”. Sin embargo, el pasaje apunta al final: NO VUELVAS A PECAR. ¿Cómo se hace eso? ¿Dónde está la fórmula para no pecar más? Sólo Dios puede perdonar los pecados, restablecer el desorden de nuestro corazón, liberar nuestra cerrazón y obstinación en el pecado.

Por eso los Evangelios presentan a Jesús, el Hijo de Dios, curando, sanando, perdonando los pecados. Y encima, el mismo Jesús CONFÍA ESE MINISTERIO A LOS APÓSTOLES: “Reciban Espíritu Santo. A quienes declaren libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los retengan, les quedarán retenidos” (Juan 20,22). El pecado es pues una realidad que sólo se supera por iniciativa de Dios. En la primera Carta de Juan se habla de la impecabilidad del creyente, el pasaje concreto es del capítulo 3 versos 6 a 9. Al principio suena contradictorio ya que en el capítulo primero dice el mismo autor que “Si afirmamos no haber pecado nunca, dejamos a Dios por embustero y, además, no llevamos dentro su mensaje” (1 Juan 1,10). Son dos puntos de vista que no entran en choque ya que san Juan está hablando en el capítulo 3 del final de los tiempos, cuando el pueblo elegido será un pueblo santo, un pueblo sin pecado; esta santidad, esta impecabilidad se deberán a la presencia activa del Espíritu, de la Sabiduría y de la Ley en el corazón de los elegidos: de aquí sacarán el conocimiento de Dios, la fuerza para no volver a pecar.
En el Nuevo Testamento se atribuye a Cristo la acción santificadora para obtener LA VICTORIA SOBRE EL PECADO, y lo único que se pide a las personas es la DOCILIDAD AL DINAMISMO DEL ESPÍRITU, actor de toda purificación interior. Los creyentes estamos aquí abajo, SOMOS PECADORES, todavía no pertenecemos al pueblo nuevo y santo, al pueblo definitivo de Dios. Por esa razón clamamos continuamente VEN CON TU MISERICORDIA, SEÑOR, NO NOS DEJES A MERCED DEL PECADO, SIGNO DE MUERTE Y DE TRISTEZA.