Martes, 26 Julio 2016 16:37
Casa de Iniciación, Casa de Crecimiento, Casa Católica - Artículo

Por: Pbro. Germán Martínez R.

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El cristianismo “nació en las casas”, en las familias que abrían sus puertas al anuncio evangélico, a los apóstoles (el término significa “enviados”), que no se cansaban de “dar testimonio” del Cristo Resucitado, vencedor de la muerte, vivo y presente en medio de la comunidad creyente que “se dedicaba a la oración en común, junto con algunas mujeres, además de María, la madre de Jesús y sus parientes” (Hechos de los Apóstoles 1,14).

Ese núcleo fundamental en el que fue desarrollándose y creciendo la Iglesia se perdió luego, cuando de perseguida pasó a ser religión del Estado. La cuestión no es añorar pasados, ni siquiera es volver al pasado o recuperar cosas perdidas. La cuestión es “volver a Cristo”, renovar diariamente ese gran misterio pascual que la Iglesia actualiza en la celebración de los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía, pues allí está la fuente viva de la fe, el manantial del cual se alimenta continuamente para no envejecer, para no instalarse, para no “dormirse” añorando pasados que no van a volver. No, los creyentes no somos unos nostálgicos de música vieja. Los creyentes celebramos el gran misterio de Cristo, “Jesús Mesías es el mismo hoy que ayer y será el mismo siempre” (Hebreos 13,8). Los creyentes descubrimos cada día con asombro el gran amor de Dios manifestado en su Hijo Jesucristo, actuando diariamente por medio del Espíritu que en la Iglesia se hace presente a través de la proclamación de la Palabra y de la celebración de los Sacramentos de vida. Actuante también en las comunidades de los fieles, de las parroquias, de los movimientos apostólicos porque la fe no es individualista, la fe es personal y comunitaria.

Cuando hablamos de Casa de Iniciación, la Casa de Crecimiento, la Casa Católica estamos describiendo un proceso de fe: En primer lugar anunciamos la Buena Noticia, gritamos a los cuatro vientos que Cristo es el Señor, que no es algo del pasado, que ha derrotada el gran enemigo que es la muerte y que encima nos da una vida nueva por el Bautismo, por la fe. Así surge la casa de iniciación, la casa que acoge, es decir, la pequeña comunidad creyente que “abriendo el oído” a Dios recibe el anuncio liberador de Jesucristo. Sigue luego una tarea diaria, continua, perseverante, escuchando y celebrando la Palabra de Dios, es la casa de crecimiento, porque la fe es dinámica, se crece en la fe, la Iglesia nos engendra en la fe, nos comunica la fe y entonces las pequeñas comunidades van poco a poco conociendo el gran tesoro de la Sagrada Escritura, van descubriendo los Sacramentos, van celebrando la vida que Dios nos da. Y finalmente, aunque no haya un tiempo fijo o determinado (porque también hay retrocesos en la fe, abandono de la fe, crisis de fe), se construye la casa católica, el término no es excluyente, al contrario, significa la casa común, la casa de todos, la casa donde no sólo te informan cómo entrar en un proceso de fe, sino la CASA que celebra la fe, orienta la fe, la auténtica DOMUS ECCLESIAE = CASA DE IGLESIA. He ahí, en apretada síntesis, el proceso evangelizador al que apuntamos en nuestra Arquidiócesis de Cali.

En las parroquias, en las Asambleas de pastoral que se están conformando, con los diversos movimientos o realidades eclesiales, con la ayuda del Centro Arquidiocesano de Evangelización, con la participación de sacerdotes, religiosas, líderes de pastoral; con la conciencia clara de que vivimos “un nuevo aire del espíritu” comenzado con el Concilio Vaticano II hace cincuenta años y renovado en ‘Aparecida’ y en el servicio pastoral del Papa Francisco, caminamos cada día con la certeza de vivir en Cristo Resucitado, que “da sentido” a nuestra existencia, que despeja nuestras tinieblas, que renueva nuestra esperanza y que nos impulsa a la construcción de un mundo nuevo, un mundo “según Dios”. Todo el que comparta estas convicciones está invitado a construir la Casa de Iniciación, la Casa de Crecimiento, la Casa Católica.