Martes, 26 Julio 2016 16:27
Desde la eucaristía se ilumina el Plan de Pastoral

Por: Pbro. Germán Martínez R.

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En el mes de junio pasado, los sacerdotes, agrupados en arciprestazgos (es un término del Derecho Canónico, indica el conjunto de unas ocho o diez parroquias que tienen a un sacerdote como Arcipreste), nos reunimos con el señor Arzobispo unos y con el Obispo Auxiliar otros, para continuar la reflexión en torno a la Eucaristía, ese gran Sacramento “que culmina la iniciación cristiana” (ver los números 1322 a 1405 del Catecismo de la Iglesia Católica) y desde el cual estamos iluminando y construyendo entre todos un Plan Arquidiocesano de Pastoral.

Reuniones fraternas, sinceras, serias, en el sentido de abordar con claridad temas concretos y a veces mal interpretados sobre la celebración de la Eucaristía, los mismos términos son importantes aclararlos y conocerlos: Por ejemplo, es más preciso hablar de “intención comunitaria” que de misa comunitaria. También vimos la importancia de respetar (siguiendo las orientaciones de la Conferencia Episcopal de Colombia), el modo como las personas se acercan a recibir la Sagrada Eucaristía, unos en la mano, otros en la lengua, otros de rodillas. Vimos la necesidad de continuar educando a nuestros fieles en este sentido y hacerles ver que este gran Sacramento siempre se adora en la consagración, en la doxología: Por Cristo, con Cristo y en Cristo, en las Capillas del Santísimo que existen en la mayoría de nuestras parroquias.

Conviene también que nuestros fieles comprendan el sentido profundo de la “corporeidad”: Existe el Cuerpo físico de Cristo, el que llamamos “Cristo Histórico”, encarnado en María Virgen, que vivió, padeció y murió bajo Poncio Pilato. Existe el Cuerpo Resucitado de Cristo, sí, así como suena, libre de todo límite, glorioso, siempre vivo, que ya no muere más. Y existe el Cuerpo Místico de Cristo, presente en la Comunidad Eclesial. Sin duda que estas palabras merecen mayor estudio y exposición. En nuestras reuniones nos ayudó mucho un artículo del padre benedictino italiano, Pelagio Visentin, quien afirma profundamente cómo toda la Eucaristía es una comunidad que desde el principio hasta el final celebra el gran misterio pascual: El rito de entrada convoca a la comunidad de todos los bautizados que bajo la presidencia de un sacerdote representa a Cristo en medio de nosotros. Sigue la Liturgia de la Palabra, es la comunidad que escucha, que está atenta a la Voz de Dios, la fe viene por el oído. Viene el ofertorio con el cual se entra en la parte estrictamente sacramental de la Misa, es la comunidad del banquete que prepara el pan y el vino.

El corazón de la Eucaristía es el Prefacio junto con la anáfora, es el canto solemne que invita a elevar a Dios el pensamiento, es la comunidad que da gracias por las maravillas que Dios obra en nosotros a través de Cristo, el resucitado, el vencedor de la muerte y gracias a la acción del Espíritu Santo. Sigue la participación plena en este gran Sacramento es lo que llamamos comunidad de comunión. En la antigüedad, terminada la liturgia de la Palabra, se despedía expresamente a los catecúmenos, los excomulgados y a cuantos se hallaban por algún motivo impedidos para acercarse a la mesa del altar. Hoy es importante saber que son necesarias las debidas disposiciones para comulgar: “examínese el hombre”, advierte san Pablo, para no “comer y beber su propia condenación”.

Finalmente está la comunidad enviada a la misión, quiere decir que la Eucaristía no termina con la bendición, la comunidad de los bautizados es una comunidad enviada, misionera, anunciadora, testigo del amor grande de Dios que ha der ser comunicado a otros, es una comunidad es espera del banquete final, “hasta que vuelvas” como cantamos en la Misa. Por ahí vamos construyendo el plan pastoral arquidiocesano, desde lo que es básico y central para nuestra fe, desde la Eucaristía. En la medida que la vivamos y la celebremos bien se hará patente el gran misterio de Dios, el misterio de salvación, el misterio de la Iglesia una, santa, católica y apostólica.