Martes, 26 Julio 2016 14:53
Cali Misión Permanente - Artículo

Por: Germán Martínez R., Pbro.

logomisioncontinental

El Concilio Vaticano II se realizó en Roma entre los años 1962 a 1965. Fue “como el paso del Espíritu Santo por toda la Iglesia”. Sus grandes documentos: Sobre la Palabra de Dios, sobre la Iglesia, sobre la Liturgia, sobre el Mundo (los gozos y las esperanzas), son como unas autopistas inmensas que aún no terminamos de recorrer ni de comprender. En 1968 el gran Pablo VI vino a Colombia, su imagen delgada, su voz suave, sus bellas palabras quedaron marcadas en muchas mentes. Inauguró en Medellín una reunión de obispos de América Latina que produjo un documento valioso, intrépido, profético. Vinieron después los encuentros de obispos del Continente Americano en Puebla (1979), Santo Domingo (1992), Aparecida (2007). Es ésta la que ha renovado el lenguaje religioso: conversión pastoral, discipulado misionero, misión permanente. Han pasado ya ocho años de esa gran reunión en Brasil, ahora sabemos que el relator final del Documento fue el Cardenal Bergoglio, hoy, Papa Francisco.

Lentamente, porque así es nuestro caminar en la fe, vamos descubriendo que la esencia de nuestro cristianismo es la dimensión misionera. El principio está en el Evangelio, Jesús de Nazaret lo enuncia así: “Como el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros. Y dicho esto sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes los retengáis, les quedarán retenidos” (Juan 20, 21-22).

Esa realidad misionera se organizó en la Iglesia de muchas maneras, según los momentos históricos por los que iba pasando. En nuestros barrios caleños, muchas comunidades religiosas tanto femeninas como masculinas, visitaban las casas, se alojaban en ellas, repartían biblias, daban charlas para niños, jóvenes y adultos, se madrugaba a rezar “el rosario de la aurora”, los sacerdotes confesaban hasta tarde en la noche, se hacían “misas en los parques” o en las casas amplias, se levantaba una gran cruz, se ponían pegatinas en las puertas de las casas: “hogar católico”, “misión católica 196…” Era todo un acontecimiento, quedaba un buen sabor, se revitalizaba la vivencia de la fe. Los mayores añoran todavía esos años.

Pero la fe es “algo dinámico”, la fe no es agua estancada, la fe va creciendo cuando el Papa, los obispos, los sacerdotes, las religiosas, los laicos, los mayores, los jóvenes y los niños escuchan la palabra de Dios y en consecuencia buscan más a Dios, celebran los Sacramentos, cambian estructuras de pecado por estructuras de gracia, salen de sí mismos, reconstruyen el tejido social, anuncian a todos la Buena Noticia de Cristo Resucitado y experimentan de verdad la presencia renovadora del Espíritu Santo. Ya no es una “semana de misión”, ya no “vienen otros” a hablarnos de Dios, es la Misión Permanente, es cada uno de nosotros, es la comunidad parroquial, es la Arquidiócesis de Cali, son los movimientos eclesiales, somos todos los bautizados discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. Sin duda que se necesita tiempo para “digerir” esta nueva situación, esta bella realidad misionera, este desafío pastoral, esta condición de Iglesia en Misión Permanente.

Hemos empezado, vamos dando los primeros pasos. Hay “fechas importantes”: 2017-2022. Es el arco de tiempo que contemplamos para “cuajar” como parroquias sinodales (que caminan junto con los fieles que no tienen al párroco como ídolo o único protagonista), discipulares (es decir que todos los fieles escuchan la Palabra y realmente se forman como discípulos de Jesucristo), solidarias (que comparten con los más necesitados, que tienen comunidad de bienes que cierran las brechas de injusticia, indiferencia e insolidaridad tan agobiantes entre nosotros). Caminamos hacia la formación de una gran Asamblea de agentes evangelizadores; laicos y sacerdotes “saldremos” fuera de Cali a Iglesias más necesitadas de agentes de pastoral; una Iglesia que no sale, se oxida, se anquilosa, no hay que tener miedo, cuando se “sale” Dios envía más vocaciones.

Desde la Eucaristía, centro y culmen de toda vivencia de fe iremos creciendo en la fe. Desde la familia, “Iglesia doméstica”, alimentaremos vocaciones al matrimonio, a la vida consagrada, al ministerio sacerdotal, a líderes sociales con convicciones creyentes. Desde la reconciliación tejeremos una sociedad más justa, más solidaria, menos indiferente ante el dolor cotidiano de tantos que sufren. Eso es la Misión Permanente, no una semanita de charlas, no una confesión aislada, no un rosario de madrugada, algo más profundo, más continuo, más desde el evangelio, más participativo, más incluyente.

¿Quieres tú: párroco, feligrés, joven, grupo eclesial, entrar en esta misión permanente?